TAL VEZ MAÑANA
Una conversación apócrifa entre Narciso Campero y Julio Argentino Roca
Nota de lectura
Esta pieza es ficción histórica. La conversación entre Narciso Campero y Julio Argentino Roca que aquí se narra no está documentada como hecho histórico ni las palabras que se les atribuyen deben leerse como citas. Ambos coincidieron en la presidencia de Bolivia y de la Argentina entre 1880 y 1884, durante las consecuencias de la Guerra del Pacífico. La posterior negociación territorial entre Bolivia y la Argentina desembocó en el Tratado de 1889 ---ya bajo otros presidentes y negociadores---, por el cual la cuestión de Tarija quedó vinculada a los derechos bolivianos sobre la Puna de Atacama. La literatura comienza, precisamente, en el espacio que dejan esos hechos.
No se sabe en qué habitación hablaron.
Ésa es, quizá, la primera ventaja de esta historia.
Una habitación conocida obligaría a describirla. Habría que decidir el número de ventanas, la procedencia de la madera, el retrato ecuestre que seguramente algún funcionario habría considerado indispensable. Una habitación desconocida, en cambio, permite recordar solamente una mesa, dos hombres y un mapa.
El mapa estaba extendido entre ambos.
Narciso Campero lo miraba desde hacía varios minutos. Roca, que desconfiaba de los hombres que demoraban una respuesta cuando ya la conocían, dejó que demorara.
Afuera Buenos Aires continuaba con esa indiferencia que tienen las ciudades ante las decisiones geográficas. Pasaban coches. Alguien cerró una puerta. Desde un corredor llegó el sonido de unos pasos y después nada.
Campero apoyó un dedo sobre Tarija.
---Esto es lo que ustedes quieren.
Roca no contestó inmediatamente.
---Lo que queremos y lo que creemos nuestro no siempre son la misma cosa.
Campero sonrió.
---Ésa es una frase de presidente.
---Usted también es presidente.
---Por eso la reconocí.
Habían llegado al poder el mismo año, 1880, aunque por caminos que difícilmente podían confundirse. Roca había recibido una república que pretendía terminar de organizarse. Campero había recibido una guerra.
Bolivia combatía a Chile.
El desierto había dejado de ser una extensión inútil para convertirse en una frontera, luego en una riqueza y finalmente en una desgracia. Antofagasta ya no era solamente una palabra escrita cerca del Pacífico. Era la forma visible de una pérdida.
Campero movió el dedo hacia el oeste.
La uña recorrió lentamente una zona casi vacía del mapa.
---Y esto ---dijo--- es lo que yo quiero darle.
Roca se inclinó.
No necesitaba leer el nombre. Lo conocía.
Puna de Atacama.
Durante unos segundos ninguno habló.
Había en aquel silencio algo absurdo. Dos hombres, en una habitación, podían señalar con el índice extensiones que un jinete tardaría semanas en atravesar. Podían desplazar una frontera algunos centímetros y condenar a futuros cartógrafos a discutir durante años.
Roca levantó la vista.
---¿Tarija por esto?
---Tarija por esto.
---No tienen el mismo valor.
---No.
La respuesta sorprendió a Roca.
---Entonces explíqueme el negocio.
Campero retiró la mano del mapa.
Era un hombre envejecido antes de tiempo. Había nacido en Tojo, en 1813, en ese mundo de haciendas, quebradas y altiplanos donde los apellidos parecían durar más que los países. Su familia estaba unida a la antigua casa de Yavi. Mucho antes de que Bolivia tuviera ese nombre y antes de que la Argentina supiera con exactitud dónde terminaba, aquellos territorios ya tenían propietarios, curas, soldados, muertos y caminos.
Tal vez por eso Campero miraba los mapas de otra manera.
No veía colores.
Veía tiempo.
---Presidente ---dijo---, usted está mirando tierra.
Roca volvió a mirar la Puna.
---Es lo que suele haber en los mapas.
---Yo estoy mirando una guerra.
Roca dejó el lápiz sobre la mesa.
Campero continuó:
---Chile ya llegó al mar que era nuestro.
No había reproche en su voz. Eso hizo que la frase resultara más grave.
---Y seguirá mirando hacia acá.
Señaló nuevamente la Puna.
Roca preguntó:
---¿Por qué?
---Porque puede.
La sencillez de la respuesta incomodó más que cualquier explicación.
Campero caminó hasta la ventana. Durante un instante quedó de espaldas al mapa.
---Hay países que conservan un territorio porque tienen un título ---dijo---. Otros porque tienen soldados. Otros porque nadie lo desea todavía.
Se volvió.
---Bolivia acaba de descubrir la diferencia.
Roca permaneció sentado.
Había aprendido muy joven que las fronteras no eran líneas. Eran lugares donde dos gobiernos podían imaginar simultáneamente que terminaba el otro.
---Supongamos que acepto ---dijo---. Bolivia renuncia a lo que nosotros reclamamos en Tarija. Nosotros reconocemos la compensación en la Puna. ¿Qué gana usted?
Campero regresó a la mesa.
---Nada.
---Curiosa negociación.
---Las mejores negociaciones entre países derrotados consisten en elegir correctamente lo que van a perder.
Roca lo observó.
Campero puso nuevamente el dedo sobre el altiplano.
---Si esto continúa siendo boliviano, Chile terminará quitándomelo.
Roca no apartó los ojos del mapa.
---¿Y si es argentino?
Campero levantó la vista.
Ahí estaba toda la conversación.
Tal vez todo el siglo.
---Si es argentino ---dijo---, para tomarlo tendrá que quitárselo a usted.
Roca sonrió apenas.
---Eso tampoco parece imposible.
---No.
Campero acercó una silla y se sentó.
---Pero sería otra guerra.
La palabra quedó entre los dos.
Otra.
No una continuación de la guerra del Pacífico.
Otra guerra.
Argentina y Chile.
Roca tomó el lápiz.
Lo hizo girar entre los dedos.
---Usted supone que Chile no la querrá.
---Supongo que tendrá que quererla mucho más.
Ahora fue Roca quien guardó silencio.
El razonamiento tenía la desagradable elegancia de las cosas evidentes después de haber sido dichas.
Campero no estaba ofreciendo una montaña.
Estaba cambiando el adversario de una futura disputa.
Mientras la Puna perteneciera a Bolivia, Chile podía considerarla parte natural de la expansión producida por la guerra. Si pasaba a la Argentina, cada salar, cada quebrada y cada meseta quedaban detrás de una bandera distinta.
La geografía sería la misma.
El costo político, no.
Roca se levantó.
Caminó alrededor de la mesa y se detuvo del lado de Campero. Desde allí el mapa estaba invertido.
Tarija quedaba arriba.
Atacama abajo.
Por un momento pensó que quizá todos los conflictos territoriales podían resolverse dando vuelta los mapas.
---Hay algo que no entiendo ---dijo.
---¿Qué cosa?
---Por qué Tarija.
Campero miró hacia el norte.
No necesitaba el mapa para encontrarla.
Tarija había pertenecido a demasiadas historias. Buenos Aires podía invocar antiguos derechos. Bolivia podía invocar posesión, población, continuidad. Entre los papeles coloniales y las repúblicas nuevas, cada país había heredado documentos suficientes para considerarse perjudicado.
---Porque Tarija ya eligió su tiempo ---dijo Campero.
---Los territorios no eligen.
---Entonces sus habitantes.
Roca no respondió.
---La Puna es diferente ---continuó Campero---. Todavía no sabemos qué será.
Aquella frase, de haber sido pronunciada, habría sido la única profecía de la reunión.
Ninguno de los dos podía saber que años después Bolivia y la Argentina firmarían un tratado de límites; que otros presidentes y otros diplomáticos pondrían sus nombres donde ellos solamente habían puesto una hipótesis; que Chile rechazaría la transferencia de derechos sobre una parte de la Puna; que la disputa llegaría a una conferencia y a una delimitación internacional; que la mayor parte del territorio discutido quedaría finalmente del lado argentino.
Mucho menos podían saber que en 1900 la Argentina crearía allí un territorio nacional con un nombre casi fantástico:
Los Andes.
Ni que ese territorio sería disuelto décadas después.
Ni que sus fragmentos pasarían a Jujuy, Salta y Catamarca.
Ni que un siglo más tarde hombres que jamás habían oído hablar de aquella conversación atravesarían Susques rumbo a un paso llamado Jama.
Ni que debajo de aquella tierra que entonces parecía vacía habría minerales capaces de devolver al mundo la mirada hacia la Puna.
Ni que camiones argentinos, bolivianos, paraguayos, brasileños y chilenos recorrerían caminos asfaltados buscando los puertos del Pacífico.
Ni que nuevamente alguien desplegaría un mapa y descubriría que aquel desierto no estaba lejos de ninguna parte.
Estaba en el medio.
Pero esa tarde ---si hubo una tarde--- solamente había dos hombres.
Roca volvió a su lugar.
---Déjeme entenderlo ---dijo---. Usted me entrega un problema.
Campero negó con la cabeza.
---Le entrego una frontera.
---Con Chile.
---Todas las fronteras son con alguien.
Roca soltó una breve carcajada.
---Y a cambio nosotros dejamos Tarija.
---Sí.
---¿Así de sencillo?
Campero miró el mapa por última vez.
---No. Así de difícil.
El presidente argentino dobló lentamente una esquina del papel y después la corrigió con la palma.
---¿Y qué les digo a los que me pregunten por qué habría de aceptar?
Campero se quedó pensando.
Tal vez recordó Tojo.
Tal vez Yavi.
Tal vez los relatos de aquella familia antigua que había visto derrumbarse un orden y aparecer otro sin moverse de las mismas montañas.
Tal vez recordó el Pacífico.
Finalmente dijo:
---Dígales que algunas tierras se adquieren por lo que tienen.
Señaló la Puna.
---Y otras por dónde están.
Roca siguió la dirección de su dedo.
Durante muchos años los mapas habían pintado aquella región como si el vacío fuera una característica geográfica.
Ahora vio otra cosa.
Al oeste estaba Chile.
Más allá, el océano.
Al este, las provincias argentinas.
Al norte, Bolivia.
En algún punto todavía impreciso, Tarija.
Roca tomó el lápiz.
No firmó nada.
No había nada que firmar.
Trazó solamente una pequeña línea sobre el papel.
Campero lo miró hacerlo.
---Si algún día esto ocurre ---dijo Roca---, ninguno de nosotros podrá asegurar qué harán los que vengan después.
Campero asintió.
---Nunca podemos.
Roca dejó el lápiz.
---Entonces quizá sea mejor esperar.
Campero se puso de pie.
Por primera vez desde que había comenzado la reunión pareció tranquilo.
Miró el mapa, después a Roca.
Y respondió:
---Tal vez mañana.
Nota histórica
La escena precedente es una ficción histórica construida sobre circunstancias y procesos reales.
Narciso Campero (1813--1896), nacido en Tojo y estrechamente vinculado a la familia del Marquesado de Yavi, fue presidente de Bolivia entre 1880 y 1884. Julio Argentino Roca ejerció la presidencia argentina entre 1880 y 1886, por lo que ambos gobiernos coincidieron durante las consecuencias inmediatas de la Guerra del Pacífico.
No se ha establecido aquí como hecho documentado que Campero y Roca hayan celebrado esta conversación ni que Campero pronunciara las frases que constituyen su núcleo literario.
La vinculación territorial entre Tarija y la Puna de Atacama, en cambio, pertenece a la historia diplomática posterior. El Tratado de Límites argentino-boliviano del 10 de mayo de 1889, negociado por Norberto Quirno Costa y Santiago Vaca Guzmán durante las presidencias de Miguel Juárez Celman y Aniceto Arce, articuló la resolución de las reclamaciones territoriales entre ambos Estados. Bolivia reconoció derechos argentinos sobre la Puna de Atacama en el contexto de la solución de la cuestión de Tarija.
La transferencia abrió a su vez un conflicto con Chile, que ocupaba parte de esos territorios después de la Guerra del Pacífico. La cuestión de la Puna fue posteriormente sometida a negociación y delimitación internacional. La mayor parte del territorio disputado quedó finalmente incorporada a la Argentina.
En 1900, la Argentina organizó gran parte de esas tierras como el Territorio Nacional de Los Andes, antecedente jurisdiccional de territorios que posteriormente fueron distribuidos entre las actuales provincias de Jujuy, Salta y Catamarca.
La historia documentada termina allí.
La conversación pertenece a la literatura.